Rumiantes

©Imagen:Fernando Vicente

Níger. Donde sólo hay rumiantes; unos para engañar al hambre, otros para atenuar la sed y todos para digerir su suerte.

A la muerte le gusta el sonido de los nombres. Mah le puso Sagar a mi hermano para que la muerte no se fije en él. Sagar significa trapo. ¿Para qué se iba a fijar la muerte en un trapo? Mah lleva al pequeño Sagar a la espalda en un pañuelo de colores que anuda en su pecho. Vamos camino de la escuela y Sagar llora. Mah le canta: makun, makun, bebe, o makun. Le asusta el paso de los hombres con prisa, el rugido de sus motores y la polvareda que levantan. Todos los años aparecen, pero él es pequeño; nunca los vio hasta ahora. ¿Qué clase de animales peligrosos verá en ellos? Abu decía que van en busca de las playas de Dakar, y contaba que esas playas son como nuestro desierto de arena, pero con tal cantidad de agua que la vista no abarca donde acaba. Hoy Sagar no encuentra el consuelo ni siquiera en su dedo pulgar y Mah le canta bajito para calmarlo, pero él, llora y llora. Aún así, ella insiste: makun, makun, bebe, o makun.

Hemos llegado a la escuela. Mah revisa mis orejas y mis trenzas, alisa mi falda, me hace sacar las piedras de la boca con las que hago saliva y me empuja suavemente hasta la puerta. Mah tiene el rostro dibujado con hermosas marcas y apenas habla, pero sus manos y sus ojos cuentan lo que silencian sus labios. Antes de entrar, mientras pone su mano en mi cabeza, me dice con la mirada: entra, tú eres mi orgullo. En la escuela hay muchos niños y sólo tres niñas. Mah quiso que yo estudiara, en contra de Pah, que opina que ningún hombre querrá por esposa a alguien que sepa más que él. Pero Mah es obstinada, y Pah, que está ansioso por irse con el resto de hombres a dormitar a la sombra de un árbol, mascar mijo y beber cerveza, no insiste. Pah no habla mucho. Pero tampoco sus manos ni sus ojos me dicen nada.

Mah ha venido a buscarme. A la salida de la escuela hemos acompañado a las otras madres a rezar ante el árbol seco. Los árboles de Níger son tristes y lúgubres, con jirones de plástico negro que cuelgan de sus ramas. Todas las madres rezan ante ellos por sus hijos muertos. En Níger, cuando los niños mueren, los meten en bolsas negras que colocan sobre la arena del desierto. Luego sopla el viento entre sus cuerpos y reanima su instinto, y como apenas pesan porque son todo pellejo y enormes ojos negros, vuelan con sus bolsas hasta las copas de los árboles para que las ramas los acunen. Esto me lo contó Abu. Decía que así los niños se creen todavía en los brazos de sus madres. El rostro agrietado de Abu me recordaba a la tierra reseca de Níger. Siempre mascaba una brizna de sorgo que sobresalía entre sus labios y parecía que retoñaba continuamente. Ella también pesaba poco, pero no sé si las abuelas que mueren también cuelgan de las ramas de los árboles. Abu sabía todas las historias y Mah dice que, con su muerte, desapareció un libro.

De camino para casa recogemos ramas secas y vamos al pozo a buscar agua. Al llegar, Mah se ha puesto furiosa. Los hombres con prisa han quemado neumáticos y combustible junto al grupo de palmas que hay cerca del brocal. Sus troncos están abrasados. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que volvamos a comer sus dátiles? Mah, con ayuda de un trozo de hueso, ha raspado de sus troncos todos los restos de goma. Después ha curado su madera con un emplaste hecho con hojas de palma y el mismo aceite que utiliza para darnos friegas. Es difícil que Mah se enfade, pero los hombres con prisa lo han conseguido. Ya cerca del poblado hemos visto a Pah abriendo la puerta del granero. Mah le ha hecho un gesto con la mano desde donde estábamos, porque a las mujeres les está prohibido acercarse a los graneros. Sólo los hombres guardan la llave. Y mascan mijo y beben cerveza dormitando a la sombra de los árboles de los niños muertos. Las mujeres mientras tanto cuidan la casa, los hijos y la educación; labran la tierra, muelen la ración de mijo que les da el marido, atienden a los animales y aún tienen tiempo para darnos friegas con aceite de cacahuete y cantarnos canciones que engañan al hambre.

Una vez en casa, Mah ha dejado en el suelo a Sagar y el cántaro lleno del agua borrosa que utilizamos para cocinar. Yo he dejado también el brazado de leña que soportaba sobre mi cabeza. Sagar ha salido corriendo torpemente tras la cabra famélica que le acompaña en sus juegos y, antes de que pudiéramos avisarle, ha rugido detrás uno de esos animales con prisa que él tanto teme. Hasta que no se ha posado la polvareda no hemos visto su cuerpecito destrozado. Las hermosas marcas del rostro de Mah se han transformado en un mapa lleno de costuras donde sólo hay sufrimiento.
En Níger, las hojas de los árboles son jirones de plástico negro.

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