a de absolución



Amelita Amat, ampurdana acaudalada, acudió al abate Antoine a apaciguar al ánima.
—Avemaría —anunció al arrodillarse.
—Ave —apostilló Antoine—. Apresúrate, ando acatarrado.
—Abate, anoche acopleme al ahijado Anacleto.
—¡Alabemos al Altísimo! ¡Anacleto, apenas adolescente!
—Amador avezado, abate. Ayer aventajó a algún adulto.
—¿Arribasteis al acto amoroso?
—Ajá, ambos.
—¡Abrasados acabaréis, amorales!
—Anacleto asegura adorarme.
—¡Avemaría Aureolata, además apasionados!
—Atinará a asustarme, abate.
—¿Agradote?, —ahondó Antoine.
—Ahora arrepiéntome, aunque ayer agradome.
—¡Acállate, aviesa!
—Ay, apacígüese. Ande, ande, abate, absuélvame, aseguro abonarle.
—¿Absolverte? ¿Asciende a...?
—Asaz, asegúroselo.
—Ah —asintió Antoine ablandado—, aportaré algún alegato al Altísimo, aunque abrumado ando ahora.
—Alguno aflorará; acuérdese, abonaré abundantemente.
—Ah, aguarda...
—¿Apareció alguno?
—Algo asoma: al anochecer, ambos abandonaréis Ampurias, aunque apoquinarás ahora.
—Amén, ávido abate, amén.

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