In memoriam


Los muertos de las epidemias son como grandes grupos de transeúntes congregados en manifestación
Greguería: Ramón Gómez de la Serna / Ilustración: David Vela

Las normas de protocolo disponían colocar, de espaldas al sur y en semicírculo, sólo a los de piel blanca y fina, manos de uñas cuidadas y ropajes de gasa, paño o seda.
Primero colocaron a los hombres y los niños, que llevaban corbata, pañuelo o lazo y las manos cruzadas sobre el pecho. Después las mujeres y las niñas, con el misalito Regina y un rosario enredado entre sus dedos. A los pies de cada féretro, una barra de incienso y una lamparilla de cedro. Las coronas se tejieron con las flores más aromáticas de la temporada, y en cada una un letrero: SS. AA. RR. Los Príncipes de…; El Presidente del Gobierno de…; La Corporación Municipal…; y así, por orden de importancia, un sinfín de variados adornos florales.
La exposición fue preparada meticulosamente y los operarios cumplieron precisamente las órdenes recibidas, que también indicaban controlar la intensidad de la luz y la incidencia de los rayos solares en cada espacio, así como la temperatura de la sala. Solamente hubo que constatar una avería en el termostato, imposible de arreglar a tiempo por no encontrarse la pieza precisa en ningún punto de venta de suministros.
Y ese único contratiempo fue el desencadenante de que la comitiva, formada por las personas más influyentes del país, pasara apresurada por delante de los féretros desabrochándose los abrigos, visones, guerreras y chaquetillas de astracán para aliviar el calor, mientras sacaban los abanicos de los bolsos, aflojaban las corbatas y tropezaban unos con otros en su afán por salir lo más rápidamente posible de allí, con una mueca de repugnancia imposible de disimular ante el hedor, mezcla de cadáveres descompuestos y pétalos calientes en maceración.
Pero una vez en la calle aminoraron el paso hasta pararse por completo. Afuera, en la plaza rodeada de escombros, tendidos en el suelo sobre mantas de colores estaban los cuerpos mezclados y anónimos de hombres, mujeres y niños; de manos callosas y piel morena, pelo crespo y rizado y extremadamente delgados. Una dignidad extraña ponía una leve sonrisa en sus labios, mientras los copos de nieve, que caían lentos como un sudario blanco y compasivo, borraban poco a poco la huella de la catástrofe.

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