tubas de guerra


Hace años, mi padre escudriñaba el cielo y esperaba con ansiedad la aparición del resplandor. Cuando por fin se hacía visible contaba lentamente:
—uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…, dos kilómetros apenas. Está a dos kilómetros —decía tras echar unas extrañas cuentas con los dedos.
Después se dirigía hacia el mapa que colgaba de la pared y ponía un alfiler de cabeza roja en un punto de una zona abrupta y desertizada. Siempre pensé que era un mapa de Los Monegros, pero no.
—Es el pueblo visto desde un avión —me explicó.
Con el paso del tiempo el mapa quedó acribillado de alfileres, y mi padre, atormentado por unos tremendos pinchazos que los calmantes no conseguían aplacar, acabó por perder el oído. Le recetaron una especie de trompetilla para amplificar el sonido, aunque no consiguió con ella el resultado esperado. Escudriñaba el cielo aguardando con ansiedad la aparición del resplandor y cuando por fin se hacía visible contaba lentamente con sus dedos:
—uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…setenta y uno… ciento noventa… ciento noventa y nueve, doscientos.
Siempre al llegar a doscientos desistía de contar y guardaba la cajita de los alfileres en el costurero de mi madre y la trompetilla en el botiquín.
Pero un día vio en la televisión a Hiroito inspeccionando unas tubas de guerra y gritó entusiasmado:
—¡Ahora sí. Ahora sí que no se me escapa el trueno!

No hay comentarios: