El mar de los árboles

(A Pablo Amargo)


© de la ilustración: Pablo Amargo (El mar de los árboles)



Cuando cortó la última rama del árbol sumergió varias noches el serrucho en salmuera hasta que la hoja brilló como el lomo de un arenque. Observó que con la luna llena sus dientes serrados se aguzaban y movían con un vaivén amenazador, de modo que esperó a que una luna nueva los apaciguara para embarcarse en ellos. Mientras tanto trabajó la madera del roble desguazado: con la más gruesa hizo el casco de la barca y lo untó con aceite de pescado, con la más dura talló una lanza, y con una horquilla llena de nudos se apuntaló la pierna que le faltaba. Para guiarse en la primera oscuridad y atraer aún más a su presa llenó una bujía con escamas. Estaba decidido a capturar al tiburón sierra que lo dejó tullido. —El pez grande se come al chico —dijo convencido—. No me puede fallar este señuelo.


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