trastos viejos

Anciano afligido / Vincent Van Gogh


Con el paso del tiempo vamos oliendo a mondas. Y calzamos zapatillas de paño para no incomodarlos si arrastramos los pies por el suelo. Y habitamos rincones de la casa  que apenas se visitan. Allí, a solas, comemos sopita casi siempre fría y pescado hervido. Y, como nadie retirará el plato hasta el día siguiente, nos entretenemos tallando figuras en las raspas. El resto del tiempo dormitamos o repasamos caras y anécdotas comenzando por el principio, no vaya a ser que se nos olvide alguno, pero se difuminan más deprisa de lo que somos capaces de recordar.
Y todo huele cada vez más a mondas. Hasta que un día ya no lo aguantan más y piden plaza en esas "residencias tan buenas" a las que no vendrán a vernos. Y por mucho que nos encojamos para pasar desapercibidos en nuestra propia casa, por mucho que nos retiremos, siempre uno de ellos gritará ¡En el desván! ¡Está en el desván!*

* La frase final "¡En el desván! ¡está en el desván!" está tomada de El libro negro de las leyendas urbanas, de Tomás Hijo

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Tremenda la vida. Y el relato.

Isabel Castaño dijo...

Sí. Tremenda la vejez solitaria y sin abrazos

vega san mateo dijo...

cada vez que lo leo se me encogen las tripas. Es precioso y crudo a la vez...
Pero la vejez no siempre es tan cruda como la pintas. Creo que solo la vejez de las "residencias" es asi o peor.

Isabel Castaño dijo...

¿Sabes lo que a mí más me sobrecoge? esa naturalidad que tenemos para autoconvencernos de que sacar a los ancianos de nuestra vida, de nuestros brazos, de su casa, de sus recuerdos, es normal, sano e inevitable. ¿Pensaríamos lo mismo si se tratase de nuestros hijos pequeños?

Anónimo dijo...

La indefensión de los niños me recuerda que la fuerza de la vida está por venir. La de los viejos, la debilidad absoluta ante la muerte (tanto tabú a su alrededor...). Siempre he sentido una empatía especial hacia la vejez y esas eternas historias en busca de un abrazo.