depósito de cadáveres

(© Imagen: Olivier de Salazan)


Entró sin hacer ruido y sólo reparamos en la anciana cuando acarició con ternura los cabellos del muerto. Tuvo que apoyarse en la mesa de disección cuando nos miró uno a uno, y aunque no pronunció palabra alguna, por la actitud de mis compañeros creo que los tres comprendimos lo que nos pedía y cada uno rectificó a su modo: el repetidor le recompuso con cuidado la postura en decúbito supino, el profesor se quitó la bata y arropó al anciano con ella, y yo traté de ocultar la etiqueta numerada que colgaba del dedo gordo de su pie.
— Señora, su marido ¿se llamaba Pedro? —acerté a decir.

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