paisaje con anciana


Como de costumbre trenzó su pelo bajo la tenada. Era tan blanco y había tanta nieve que parecía que sus manos bailaran en el aire sin sujetar nada. Después anudó una cinta roja alrededor de cada una de las trenzas y dejó que los extremos volaran sueltos.
–Vamos a la lumbre, abuela –susurré- y palpé su cabeza para comprobar que no era sangre lo que teñía de carmín el paisaje.

(Texto, I.Castaño / Imagen, Daniela Mastandrea)

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