los ojos de los ahogados

Días después de la muerte del viejo, su hijo me contó que los ojos de los ahogados llevan impreso en la pupila el fotograma exacto de la muerte, pero que no era prudente asomarse a ellos.–Para apartar la mirada de esos ojos llenos de agua turbia –me dijo– hay que cerrárselos, de otra forma el remolino que se forma en su interior tarde o temprano nos arrastra al fondo.
El viejo murió con el gesto firme de los que deciden morir de una vez. Estaba trágico y hermoso, con los ojos abiertos y el rostro sin huella de sufrimiento. Su hijo lo recostó a los pies de la madre y cerró sus ojos, pero antes madre e hijo se asomaron dentro de ellos.
—Los dos os asomasteis a su interior. ¿Por qué correr el riesgo? —le pregunté.
—Ella quería acompañarle; yo, saber por qué lo hizo —respondió— Ahora lo sé. Estoy tranquilo.
Sin embargo, desde entonces, cada amanecer se acerca a la alberca y mira dentro. Sabe que pronto uno de nosotros tendrá que cerrar sus ojos.

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