el límite

Cuando las alcantarillas empezaban a rebosar, el alguacil bajaba hasta el colector y daba la voz de alarma: de nuevo un ángel taponaba el desagüe del límite. Nunca decíamos mar. Preferíamos llamarlo así, el límite; negándole el nombre como si con ese gesto tan primario quisiéramos castigarlo por tantos muertos a su costa. Los llamábamos ángeles.
Cada vez que el alguacil avisaba bajábamos a ver el que habían devuelto las olas. Siempre aparecían con la cara vuelta hacia la tierra, avergonzados de su intento baldío. Con cañas retirábamos de su espalda las ovas embreadas y dejábamos al descubierto sus alas sucias y rotas. Después le dábamos la vuelta y era ahí, en sus hermosos ojos anegados, donde el maldito límite nos mostraba, una y otra vez, la hondura y la turbiedad que nos separaba del mundo.

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