el eclipse

Miraba el sol en el agua de una herrada porque habían comenzado los anuncios. Primero fue el pedrisco, que dejó el enrollado del patio flojo y desdentado, y cálices de adelfas espachurrados entre los rollos removidos. Después aparecieron las hormigas aladas, los caracoles con su baba y el olor a frambuesa y a limones podridos.
Eso fue todo cuanto pudo sentir el anciano, porque en el momento exacto del eclipse, mientras la sombra de miles de lunas se agitaban como un mar picado bajo los árboles del huerto, apoyó su barbilla en la cayada y se fue definitivamente.

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