bodegón

El cazador llegó, ebrio de éxito y cazalla, adornado con siete perdices trágicas que colgaban de un alambre como siete funambulistas, y la chiquillería le seguía con vivas y gritos tras el botín robado de una pluma.
Después, junto al fuego, la caza aún tibia y rota a sus pies, el perro tumbado con la cabeza entre las patas, la escopeta abierta y la canana, componían un hermoso cuadro de naturaleza muerta.

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