sabuesos


©ilustración: Isabel Castaño

Las madres de Rodas tienen la nariz alargada como un perro de caza y encierran en ella un laboratorio con el que descifran y manipulan el ánima de sus hijos.
Las madres de Rodas son capaces de oler y capturar la esencia de la risa, que es un unte colorado que lustra la piel de las mejillas y curva la comisura de los labios, y con ella se embadurnan los domingos rodillas y codos para acudir risueñas al baile.
Las madres de Rodas destilan el miedo, gélido y gris, que tiene sonido de huesos sueltos y castañuelas en los dientes y agranda los ojos y los asombra, y lo atrapan en calabacillas con las que espantan lobisomes, enlutados y raposas.
Las madres de Rodas saben atemperar la calma; un sedante azul de olor templado que vigilan a menudo, porque si comienza a oler a caramelo tostado se convierte en desgana y ablanda las ternillas del niño y lo vuelve marrón y singüeso.
La inquietud y la angustia, con su olor a palomar, las atrapan con añagazas de hembra, y cuando una madre de Rodas lo huele sabe que una paloma anida en el pecho de su hijo, y zurea amorosa y saca pechuga para engañar al pájaro prometiéndole palomares más anchos y habitados, y la paloma, envidiosa, se traslada al suyo.
Saben las madres de Rodas que en los rollos del cuello del niño cuando sestea está el olor más dulce, como de miel templada al sol, y con él doran pestiños y garrapiñan almendras que le ofrecen cuando despierta.
Con el olor de los pies de sus hijos, que son de tierra y desprenden el aroma de las piedras de arcilla cuando les echas el aliento, las madres de Rodas destilan pachuli para engatusar a los hombres, y con el de las manos, tan aéreas, ambientan sus casas y barren el rastro a pócima de sus cocinas.
Todas las madres de Rodas tienen la nariz alargada de un sabueso, e intercambian entre ellas los ungüentos y esencias que extraen del cuerpo de sus hijos formando un extraño arco iris en las alacenas.


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