a Agustín, donde quiera que pastoree


Cabras / Paula Sarría Allende

Le dijo a su familia que ese viaje le gustaría hacerlo con cabras. Me llamó José Mari: ¿puedes conseguir alguna?, de juguete, o de algún belén.
Ya apenas hay cabras en el paisaje y tampoco es fácil encontrarlas en las tiendas de juguete, pero siempre está Jesús Quico para sacarnos de cualquier apuro. Bendito comercio el de “Nuestro Señor Jesus Quico”. Tiene de todo, lo antiguo y lo moderno, separados en espacios diferentes que semejan también a épocas diferentes, como debe ser. Lo tradicional, en el comercio primitivo, en los innumerables cajones de madera del mostrador o colgando de ganchos sujetos en el techo: encurtidos, salazones, sartenes de hierro, pericos de barro o porcelana, infiernillos, carteras de material, plumieres, pizarrines, tizas, peonzas, pañuelos de hierbas, monos, alpargatas, bujías, candelas, azadones, picos y palas. En el supermercado nuevo, lo perecedero y las marcas de moda que pujan en el mercado.
Isa, la que le ayuda con el negocio, me dio una cabrita negra, delgada y con barba, con la que jugaba su hijo de pequeño; Jesús Quico me enseñó la que tenía en el supermercado, donde lo moderno. Y claro, tenía su “pero”. Pero esto no es una cabra, es un carnero, me dijo José Mari al verla. Bueno, no importa, dije yo tratando de ser positiva, seguro que a tu padre también le gusta ir acompañado de una cabra macho. Pero es que el carnero no es el macho de la cabra, ¿no lo ves?, me respondió. Yo no lo veía, pero me metí en Internet para tratar de ver las diferencias entre uno y otra. Y allí, bendito sea también Internet, aprendí que el macho de la cabra no es el carnero, sino el macho cabrío, y que no se parecen en nada el uno al otro. Bueno, insisto y en mi descargo, es que ya apenas hay cabras en el paisaje. 
La vida del campo y la de ciudad se dividen de forma parecida a los dos espacios del comercio de Jesús Quico. En la ciudad se accede a una cultura virtual, aparente pero no real. No es necesario ver, tocar, oler, gustar, sentir el objeto que se pretende. Basta con acudir a la Wiki o a Google Art Project para poder ver a una cabra o el cuadro de la Mona Lisa; o al súper, si lo que queremos es un kilo de tomates. Eso sí, son tomates que ni huelen ni saben a tomate, pero ahí están, envasados, con fecha de caducidad, transgénicos y con una cera que les da un aspecto inmejorable. Y, como bien se sabe, se come por los ojos. Degustamos el producto deprisa, muchas veces de pie, en la oficina, sin  sentarnos a compartirlo con otros. No hay apenas tiempo ni falta que hace, porque también los otros tienen la Wiki, el Google Art Project o el súper a mano. Pero este  “disfrute” de las cosas es volátil, porque no es compartible ni genera recuerdos duraderos. Es la cultura inmediata del  prêt à porter, del fast food, del museo virtual.
En el campo, el tiempo se remansa alrededor de una mesa camilla o al serano y la cultura se adquiere con el contacto directo con las cosas: el conocimiento de la cabra, con el pastoreo, la trashumancia y el ordeño. El sabor de un tomate, con el cultivo de la huerta. Y no se come sólo por los ojos, sino por el olor que la planta verde del tomate deja en las manos, el sonido al separar un tomate maduro del tallo, su tibieza al cortar su carne con los dientes y el jugo que resbala y se pierde por el brazo. Y el sabor. Ese sabor a tomate recién cogido de la planta que a mí siempre me ha recordado a los geranios.  Inolvidable si se comparte y acompaña de un buen trozo de queso de cabra.
Cuando se trata de despedir a una persona en su último viaje también hay diferencias. A la muerte, en la ciudad, no se la trata directamente sino en  diferido: una empresa se encarga de todo. Apenas tenemos que hacer más que firmar papeles y pagar, si es que no lo venimos pagando anualmente de por vida. Una esquela con una frase más o menos aceptada por la mayoría: “tu familia y amigos no te olvidan”, un responso, un apretón de manos, una visita al albacea y ya está. Cuanto más rápido y menos se hable de ello, mejor (lagarto, lagarto). Y a esperar que el tiempo lo cure todo. Pero se cura en falso, como todo lo que se tapa, se rumia y no se orea.
En el campo las mujeres preparan al muerto con sus mejores galas y en la esquela figuran (también a mucha gala) su  mote y  oficio: Juan "Ranas", capador y herrero; el pueblo entero acompaña al muerto a pie por las calles; y en la caja, junto al difunto, aún pueden encontrarse cabritas, fotografías y cartas o mandados para los que partieron antes. Y el tiempo no tiene que curar nada porque, a fuerza de estar en contacto directo con la vida, la gente del campo sabe que la vida y la muerte siempre van de la mano, y su cabeza está llena de recuerdos y tiempo para compartirlos, seguir adelante y llegar a comprender que la muerte sólo es un viaje.

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