y tiro porque me toca


Cada nueve casas había una blanca con la puerta de entrada naranja, orientada al norte; y en la acera de enfrente, con idéntico intervalo, otra casa blanca, también con la puerta de entrada naranja pero orientada al sur.
Pares o nones. Decidí continuar por la acera de los impares. Al fin y al cabo así era yo. Impar. Yo, mi pierna izquierda y mi circunstancia de madera con taco de goma y mango curvo. La derecha se quedó en el agua hedionda de ese hoyo, partida en dos y gangrenada. Pero no se engañen; no me estoy lamentando. Si no la corto por encima de la rodilla, no salgo de ese maldito pozo, en el que caí por olvidar las advertencias del posadero que me procuró conversación, consejos y un par de huevos fritos con tocino.
Cortarla me salvó la vida, y hoy puedo contar lo que pasó en lo que, al principio, tomé por un juego más o menos inofensivo.
–Coge el puente aéreo y ven al nº 56 de la calle de la Oca, en Compostela. Te enseñaré la jaula de oro donde vivo, pero evita pasar por el cementerio; mi marido estará allí. –Me dijo la gallega con la que chateaba a diario.
Su nick era Esposada, el mío Carcelero. Era inevitable, pues, que nos encontráramos en la Red. Desde entonces nos seguíamos virtualmente el juego y la corriente.
Conocí a su marido porque, curiosamente, fue el matasanos que me cauterizó los destrozos de la gangrena y del cuchillo de sierra con el que me amputé la pierna. Tardó 25 días en curar, pero entre el delirio de la fiebre de la convalecencia le oí hablar entre dientes y a menudo de su mujer, de sus celos cuando la veía chatear con extraños, del nick absurdo que se había puesto: Esposada, qué gilipollez...
La calle de la Oca, como ya les dije, era un laberinto de casas idénticas salvo en la orientación de sus puertas, lo que me obligaba a avanzar y retroceder para ver la numeración de las casas. El muñón aún me dolía y podía haber regresado en el primer vuelo pero, sin saber por qué, sentía la necesidad de conocer a la gallega. Por fin vi, en la acera de enfrente, el nº 56. Un edificio gris, con ventanas pequeñas y enrejadas.
Me abrió ella. Llevaba un cuchillo ensangrentado en una mano y en la otra una oca a medio desplumar. Me condujo hasta la estancia del fondo, claustrofóbica, oscura y mal ventilada. Fue, al dar un mal paso, cuando tropecé con la cabeza del muerto.
-Sus malditos celos, pero ha sido un accidente. Tienes que creerme. Me ayudarás a enterrarlo, ¿verdad? –me soltó de golpe.
Me levanté como pude y le di la cayada por respuesta. Cometió un error al rechazarla. Si hubiera aceptado, yo, tan cojo como estoy, nunca hubiera podido llegar hasta la casilla 63.

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