auto de fe


Por lo visto nadie dormía a esa hora, porque todos aseguraron que lo vieron saltar la tapia. El barrio entero se unió para hacer justicia y cada uno de los vecinos le alcanzó con su bota, su palo, su piedra o su rencor. Ninguno dudó; ni siquiera cuando la muchacha insistió en que el chico sólo había acudido en su auxilio.
—El miedo la confunde —apuntó el cabecilla del grupo—, pobrecilla. Pero es natural; de noche todos los gatos son pardos y éste, que es negro, más.

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