50% algodón

Intuía que en mis sueños estaba la clave de mi destino. Siempre soñaba con ogros, con arpas que tocaban solas, con botas de siete leguas o con huevos dorados. Pero aquella noche —la primera de esta interminable luna de hiel— soñé que mi futuro se reducía a un montón de copos blancos por el aire. Soñé, hasta que me despertó con su insoportable voz de princesa malcriada al tiempo que aplastaba algo con saña entre sus dedos:
—¡Maldito colchón!, toda la noche hurgando en sus tripas hasta dar con la asquerosa bolita verde que me destrozaba la espalda.



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