hilos

En cualquier viaje que emprendamos es posible seguir los hilos de las torretas de la luz que suponen un tremendo impacto ambiental y físico. Sin embargo, aunque nadie desee tener una en el patio de su casa, es difícil negar su fascinante arquitectura.


I.- HÁGASE LA LUZ





Las Hilanderas

En la primera fila de mirones, tras la cinta de raso roja y de sus cataratas, una reseca abuela opinaba:
—Están extrayendo con poleas el agua de la vía del tren. Malditos. Serán capaces de llenar piscinas a costa de desecarnos a nosotros el gañote.
Su marido, siguiendo el hilo de su pensamiento, razonaba:
—Nunca se sacó agua de un pedernal. Todo lo más, yesca para el chisquero.
Unas filas más atrás, un pastor jubilado calculaba cuánto tardarían esas extrañas hilanderas en tejer la lana que le habían dado ese año sus ovejas; y dos monjitas del asilo trataban de convencer a sus niños de que allí no iba a haber ningún concierto de xilófono y ni mucho menos de arpa y que, a su entender -decía la más anciana-, ese artefacto era, ni más ni menos, el origen de donde partían cada uno de los hilos de la luz que hilvanaban los paisajes de cualquier punto del mapa.
Y así sucesivamente se iban sucediendo los comentarios más peregrinos sobre qué demonios sería ese artilugio, cuando se abrieron paso el señor alcalde y su mujer acompañados de dos señores: un ferroviario con un pájaro bordado en el bolsillo, y otro —vestido de muy importante—con un ramo de rosas que dejó en brazos de la alcaldesa un instante antes de cortar, con pulso firme y una gran tijera, la cinta de raso roja. Fue entonces cuando, al grito del alcalde: “¡El progreso ha llegado por fin a los pueblos de esta comarca. Viva el Ave, Viva el ministro del ramo!”, sólo la alcaldesa, el ferroviario y el señor importante corearon sus vivas mientras se retiraban desilusionados el pastor jubilado, los niños, las monjitas y el resto de mirones. Todos, salvo la anciana de las cataratas que, aliviada, se iba sorbiendo de camino a casa el rezumar de sus cataratas y que hoy le sabía a gloria bendita.



II.- A LA LUZ DE LA MAÑANA


El Rey de Corazones y su Reina

Y cuando aparecieron por la línea del horizonte salieron del sembrado los cigüeños como si tres escopetas hubieran disparado al unísono. Después, aturullados en el nido, contaron torpemente a la madre la sensación de frío que erizó sus plumones, la crueldad de esos ojos metálicos y la soledad que provocaba el corazón del rey encerrado en una cabeza de gato.


III.- LA LUZ DE LA TARDE


La Doncella Preñada

Un olor a limones maduros se extendió por las fosas nasales de los niños que jugaban a meter la cabeza por el ombligo hexagonal de la mujer.Tan intenso era el olor, que se desbordaba por sus ojos inundándolos de zumo para después, entre risas, lamerse los unos a los otros.


IV.- LAS SOMBRAS DE LA NOCHE


El sueño de los niños

Las sábanas agujereadas por las pesadillas de los niños se cosen tocando el violín, espabilando antes los sueños prendidos en ellas para que encuentren la salida por los rotos. Es imprescindible restregarlas luego en los regatos y extenderlas al sol como se tienden las alas de las mariposas, al hilo del viento.De no tomar esta precaución, el sueño, que en la infancia es de natural apacible, se vuelve agudo y estridente como el canto tozudo de un mosquito.
Si no recuperara, con tales remedios, el niño su tranquilidad, deberá vigilarse que no se posen sus sueños sobre los tendidos eléctricos, atrayéndolos de nuevo hacia la casa con migas de pan, o mijo, o cualquier otro cereal del que se disponga, pues de no conseguirlo, al llegar el otoño volarán en bandadas hacia tierras más cálidas.


V.- PEGAR LA HEBRA

Cuente, comadre, cuente
Las Segadoras


Fue durante el último escardado del huerto cuando escuché cómo un anciano miope, hipermétrope y astigmático le decía en francés un piropo a una torreta de telefonía móvil que, justo es decirlo, parecía vestida para un desfile de moda de alta categoría.

Prêt à Porter y abuelo vasco-francés


—Pero enseguida caí en la cuenta de que se trataba de un casamiento, y le aseguro, comadre, que era el más fastuoso que cabe imaginar. Asustaba de tanto invitado y postín como se imaginaba. El cortejo comenzó con la aparición de la novia —a la que llevaban el velo un montón de doncellas y pardales que subían y bajaban por la loma—, que enlazó después su brazo con el del novio. Y el novio, ay comadre, miraba con tal arrobo a la novia que nunca vi tanto amor en tan grande amasijo de hierro y varillas enlazadas.

Los Novios


VII.- HILAR FINO

El Forense

—Flotaba boca arriba impecablemente vestido —dijo el forense—, con la chaqueta del traje oscuro abotonada y los puños y cuello de la camisa aún tiesos por el almidón. Este detalle me hace determinar que la hora del suicidio no sobrepasa en más de cuatro a la del casamiento. Sus pies descalzos han sufrido mucho. Probablemente procede de muy lejos.
Luego, dirigiéndose a los guardias, añadió: —Es fundamental aislar el cuerpo durante las primeras veinticuatro horas, o el agradable aroma que trasmite su mal atraerá inevitablemente hacia el contagio a todo el que lo perciba.
—¿De qué clase de mal se trata? —preguntó el guardia de más edad.
—De una clase que ahoga: el amor en exceso.


VIII.- CORTAR EL HILO

Las Segadoras

La más joven de las dos segadoras, incapaz de olvidarse del ahogado, trataba de recordar qué detalle del semblante o de la indumentaria le hacía parecer tan desvalido.
—Supe que moriría hoy mismo —confesó a su comadre— porque a su paso un olor a almendras amargas se extendió por todos los rincones.
Entonces, leyéndole el pensamiento, musitó la mayor de las mujeres:—Estaba descalzo y eso le daba un aire de huérfano. Ese pobre muchacho no pudo soportar en sus pies desnudos el escozor de las ortigas.


IX.- RETAHILAS



Las Viudas

El llanto de las mujeres de la Almendra es amargo cuando enviudan y cada lágrima que penetra en el granito empreña la tierra. De ella nacerá una varilla de metal que florecerá en los primeros días de la primavera. Creen los estudiosos que la causa de este extraordinario fenómeno está en las almendras de la zona que, con más tino que el agua de la fragua, son capaces con su amargura de templar y fortalecer el ánimo más endeble. Se habla de ancianas que al enviudar han alumbrado vástagos metálicos y vigorosos. Existe documentación abundante (que aún se disputan forenses, ingenieros y doctores) sobre el caso de una abuela, estéril y consumida, que al enviudar y poco antes de morir exhausta alumbró quince torretas que pueblan toda la margen izquierda del río. Desde entonces por toda la zona de la Almendra es relativamente fácil encontrar, cerca de los cauces y torrentes, retahílas de robustos muchachos y muchachas comiendo los mencionados frutos. Y en los días de viento hacen vibrar unos hilos con los que se atan los unos a las otras y de los que sacan extraños sonidos metálicos. Esos mismos hilos, al atardecer de los veranos, les sirven como trampa para atraer a los pájaros sin nido.

Torretas de Islandia

©DE LAS ILUSTRACIONES Y TEXTOS: ISABEL CASTAÑO/ FOTOGRAFÍA  DE TORRETAS DE ISLANDIA: JESÚS CALLEJA

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