Las criadas marinas








Ilustración de Elena Náyade

Antiguamente, la captura de las criadas marinas se hacía habilitando molinos de viento como señuelo. Para ello se tendían en sus aspas redes bordadas con alga verde y cristalitos de mica. Dado que eran cortas de vista, confundían los molinos con los faros del mar, la mica con las escamas y las redes con guirnaldas de bienvenida.
Las que venían del sur, tenían la piel y las pestañas cubiertas de sal, la risa floja y el genio enrabietado y pasajero. Contraindicadas donde hubiera niños rebeldes y contumaces, era bueno hacerse con ellas en caso de enclenques y paliduchos porque bordaban los huevos con puntillas y le daban un punto especial a las patatas.
Las norteñas, apreciadas por su rectitud, eran más góticas, con el pico de aguja y manos con tacto de madera sin desbastar. Poco proclives a los arrumacos y ternuras, conseguían sin embargo buenos resultados con los niños tardíos y tropezones en el hablar, a los que engatusaban con su lenguaje extraño y como de pájaro.
Prisioneras desde hace décadas, unas y otras habitan las cocinas modernas y, aunque desocupadas y relegadas al olvido, se las ingenian para no perder la memoria que las oriente de nuevo hasta el mar, y para recordar el cielo se asoman a los restos del té que toman las señoras y contemplan las nubes de leche que flotan en la superficie; y si lo que añoran es el agua, convierten en batiscafo los saleros. Y de entre todos los días, prefieren aquél en que sus dueños cenan pescado. Esa noche perfuman su cuerpo con la grasa de los platos y ensartan escamas en las espinas para contar los días que llevan de servidumbre, pero cuando consiguen la espina más aguzada y curva la esconden bajo el jergón, y sueñan que pronto la utilizarán como puñal y ganzúa.





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