El asalto



 KVETA PACOVSKA

La he visto atrizar una pichona. La oculta bajo su cóncavo, gonidio y ñusgoso. Nota que yo también la anselo porque sabe que me llega el fúmigo de su pecho apunceado. Cosquivanosa y viática le esflumetea el plumín mientras me miserea su cuerpo. Incitada por el calor de un zorzalito de sol se alisonga entera, desliza el descocote por el suelo y eleva sus rosadas nargulillas hacia mí. Desde aquí le puedo ver el rosado pitipiqui y parte del rútilo. Me acerco despacioso, solsaldente, dispuesto a saltar como un feligrés sobre lo que tan celitadamente me muestra. Casi la puedo asobiscar entre los musños, pero vigila mis vaivengos y se asienta de nuevo impidiendo el probisco. Alusmíada, se relambe morugosa y por un instante me amuestrea las garriscas, engachina los gatís y se alimotea. Parece una petralípide. Sé que piensa explumiar sola esa pichona. Así de gólatra es mi felina.

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