Marrakech, una fiesta para los sentidos

Hace unos meses mis amigos me hicieron un regalo: viajar a Marrakech para conocer la Plaza de Jemaa el Fna, con la que tantas veces había soñado tras escuchar el relato del viaje que hizo mi hermana mayor hace muchos años. Si el regalo en sí ya me pareció el más bonito que me habían hecho nunca por mi cumpleaños, el que los amigos quisieran acompañarme como parte del regalo ya me parecía la cagalisis. Nueve amigos juntos por Marrakech. Ahí es nada. Y para allí que nos fuimos sin pensarlo demasiado.  

Muchas veces oí a mi hermana contar cómo la plaza se iba llenando de cuentistas, escribas, aguadores, dromedarios, faquires, monos y serpientes, tambores, danzarinas y derviches, embaucadores, acróbatas, contorsionistas, adivinadores, vendedoras de pasminas y ungüentos, lámparas de colores, frutas, especias, coco, cacahuetes y pistachos, asadores de carne, tatuadoras de henna, gatos espeluchados, mendigos tullidos y niños corriendo por todos los rincones de la plaza. Una delicia para los sentidos que yo quería sentir en algún momento de mi vida. Et voilá, aquí estoy por fin.

Marrakech tiene ya la primavera en sus puertas. Puertas azules, marrones, negras y 
amarillas que aparecen por todos lados.
Puertas  blancas abiertas y sin llave, puertas rojo carmín abotonadas como una chilaba. Puertas, puertas y color...

Todo se conjuga para que en Marrakech estalle la fiesta del color. Todo, incluso la herrumbre, la humedad, la carcoma o el orín.

Marrakech se mueve con soltura entre el caos y el orden de las cosas, entre el paso lento de los dromedarios y la estela veloz de los coches de lujo, entre los montones de género a rebujillo y los tarros ordenados con maniática meticulosidad, entre la prisa de sus calles y el tiempo detenido en sus estantes.

Por las callejuelas del zoco conviven en armonía burros, motos, gatos, caminantes, vendedores, motocarros y ciclistas. Sin semáforos ni guardias de circulación, ni falta que le hacen. Apenas golpes, exabruptos o conflictos, pero muchos sustos que vienen siempre por la espalda tras un pitido y un "Alhamdulillãh" tras otro, que viene a significar un "pa habernos matao" que les da mucha risa. 

Todo es color en Marrakech. Color que utilizan como señuelo para que los incautos se adentren en sus cuevas de Alí Babá. 

El olor de carbonilla, polvo, tubos de escape y combustible impregna las calles del zoco, mitigado (gracias a Alá) por el aroma a comino, cúrcuma, aceitunas, pan reciente, pimienta, té, incienso, carne de vaca, ámbar, cuero, pescado fresco o gallinas vivas.

La sinfonía de bocinas y tubos de escape se complementan con la risa que produce el aspaviento de quien escucha el pitido de una moto por detrás, y cuando pasa sin rozarnos decimos "Alhamdulillãh" y "Jajajajjaja" el de la moto. Y después, las voces de los comerciantes y su regateo tan salvaje: 
María, hoy para ti todo gratis 
Ven a Casa Amir, si no bueno no pagas 
No problema
¿Español?, mañana si eso...

Y Hassan, en su cueva repleta de especias, perfumes y ungüentos, hablándonos de la historia de los tuaregs y el índigo, del azul cobalto de las casas de Chefchaouen, de la receta secreta para los que no saben cocinar, del trampantojo de la piedralipe, del milagro de los cristales de eucalipto, de la belleza de los excrementos de la cabra si come aceitunas...

Y después de tanto patear la Medina y el Zoco, un poco de reposo con un riquísimo café, zumo de caña con gengibre y limón, dulces de teta y clavo, y los abrazos, la risa y la charla con los amigos, en el mismo lugar tranquilo desde donde Juan Goytisolo observaba a las cigüeñas y los colores del atardecer.

Muchas años antes que nosotros, mi hermana mayor hizo este mismo viaje. Quizá hoy no queden en la Plaza de Jemaa El Fna apenas cuentistas, escribas, faquires, danzarinas y derviches o adivinadores y el regateo te deje exhausta, pero Marrakech sigue siendo una delicia para los sentidos. Y me lo han regalado mis preciosos amigos. ¿No os da un poquillo de envidia?

(Isabel Castaño)