nacimiento del ala


La abuela se mece junto a la pila del agua de las gallinas, que sabe al pan de la merienda, y colecciona inviernos en su memoria de cristal mientras vigila el humo de las nubes porque —según dice— son los volcanes invertidos que lindan con el cielo. Siempre cuenta  envuelta en una nube de humo de estramonio que me adormece, y también a las gallinas, que desmayan su cuerpo y se balancean apenas sujetas por las patas en el alambre. Escuchándola se aprende a barruntar la tormenta mucho antes de que la anuncien otros signos, de modo que las gentes de estudio han dado en confundir con instinto animal lo que sólo es gusto por una historia bien contada, y nuestras gallinas han pasado de ser una especie cotizada por ser buenas ponedoras —virtud que han perdido a fuerza de fumar pasivamente el estramonio— a estimarse como buenas vaticinadoras de tormentas y ciclones. También, por el mismo gusto de escuchar, aprenden a prever presagios y destinos, pero de esa virtud mi abuela se guarda de sacar provecho no siendo que, al hurgar en los entresijos de la gente, se mezclen las tramas de uno con las de su vecino en un pueblo que, de tan chico como es, sólo tiene cabida para lo particular.

Pitas, pitas, pitas, intercala entre párrafo y párrafo, y una lluvia de granos de maíz sale de los bolsos su bata.  Y ese es el momento que espero para correr entre ellas, y el corral se llena de cacareos, plumillas blancas y una mezcla de olor a almizcle y carne de gallina sudada. Me gusta su vuelo primerizo, la lluvia blanca y amarilla y la voz acompasada de mi abuela. No recuerdo sus palabras, pero ha despejado y creo que estoy lista para el vuelo.